
La carga sentimental de las ideologías
Al ir adscritas a una orientación política, las ideologías se cargan rápidamente de adherencias sentimentales, que tienen un incalculable poder de arrastre. Los partidarios de una corriente política suelen defender la ideología que han asumido como propia al modo como se defiende una bandera, un símbolo del honor personal, y lo hacen de modo tajante, unilateral, implacable. De ahí que, si un partido político identificado con una ideología determinada incluye en su ideario una meta, es inútil discutir con sus afiliados si ésta se ajusta o no a la realidad y, por tanto, si es justo y legítimo el perseguirla. Así, con quienes defienden por principio el divorcio y el aborto resulta vano pretender analizar si estas prácticas hacen justicia a la realidad que es la unidad matrimonial y la vida del no nacido. No se detendrán a sopesar las razones que alguien presente en contra de su posición. La mayoría se limitarán a aducir motivos especiosos con objeto de mostrar que su postura es racional. Movilizarán todos los recursos de la demagogia para dar a entender que su actitud responde a motivaciones sólidas, pero nadie sabe mejor que ellos que su actitud obedece a una toma de posición predeterminada por una estrategia de conjunto. En ciertas ideologías se incluye el fomento del divorcio, el aborto, la eutanasia y el amor libre, no porque el análisis de la realidad les ofrezca una justificación suficiente para ello, sino porque sus ideólogos prevén que tal promoción les otorga ante el pueblo una imagen de apertura, liberalidad y progreso.
No se trata de una opción racional -basada en el estudio de las exigencias de la realidad-. Estamos ante una decisión impuesta por la voluntad de poder e inspirada en los criterios de astucia propios de toda estrategia. El diálogo con tales ideólogos se nos aparece como el fracaso de la razón, la humillación de la capacidad humana de razonar, de ir al fondo de las cosas y basar las decisiones en las exigencias de la realidad. Estamos en una reunión; se plantea una cuestión importante y se abre un debate largo e intenso. Al final, se percata uno de que todo fue en vano. Desde el principio estaba previsto que no habría más fuerza decisoria que el poder frío e irracional del voto emitido por fidelidad a una posición ideológica. Cuando se observa en un Parlamento que un número elevado de diputados dan su voto de forma unánime, sin la menor fisura, una y otra vez, tras haber oído argumentos muy sólidos en contra de la propuesta votada, uno tiene derecho a sospechar que no es la realidad la que marca aquí la pauta a seguir sino los esquemas ideológicos que constituyen la trama intelectual del partido.
Al ir adscritas a una orientación política, las ideologías se cargan rápidamente de adherencias sentimentales, que tienen un incalculable poder de arrastre. Los partidarios de una corriente política suelen defender la ideología que han asumido como propia al modo como se defiende una bandera, un símbolo del honor personal, y lo hacen de modo tajante, unilateral, implacable. De ahí que, si un partido político identificado con una ideología determinada incluye en su ideario una meta, es inútil discutir con sus afiliados si ésta se ajusta o no a la realidad y, por tanto, si es justo y legítimo el perseguirla. Así, con quienes defienden por principio el divorcio y el aborto resulta vano pretender analizar si estas prácticas hacen justicia a la realidad que es la unidad matrimonial y la vida del no nacido. No se detendrán a sopesar las razones que alguien presente en contra de su posición. La mayoría se limitarán a aducir motivos especiosos con objeto de mostrar que su postura es racional. Movilizarán todos los recursos de la demagogia para dar a entender que su actitud responde a motivaciones sólidas, pero nadie sabe mejor que ellos que su actitud obedece a una toma de posición predeterminada por una estrategia de conjunto. En ciertas ideologías se incluye el fomento del divorcio, el aborto, la eutanasia y el amor libre, no porque el análisis de la realidad les ofrezca una justificación suficiente para ello, sino porque sus ideólogos prevén que tal promoción les otorga ante el pueblo una imagen de apertura, liberalidad y progreso.
No se trata de una opción racional -basada en el estudio de las exigencias de la realidad-. Estamos ante una decisión impuesta por la voluntad de poder e inspirada en los criterios de astucia propios de toda estrategia. El diálogo con tales ideólogos se nos aparece como el fracaso de la razón, la humillación de la capacidad humana de razonar, de ir al fondo de las cosas y basar las decisiones en las exigencias de la realidad. Estamos en una reunión; se plantea una cuestión importante y se abre un debate largo e intenso. Al final, se percata uno de que todo fue en vano. Desde el principio estaba previsto que no habría más fuerza decisoria que el poder frío e irracional del voto emitido por fidelidad a una posición ideológica. Cuando se observa en un Parlamento que un número elevado de diputados dan su voto de forma unánime, sin la menor fisura, una y otra vez, tras haber oído argumentos muy sólidos en contra de la propuesta votada, uno tiene derecho a sospechar que no es la realidad la que marca aquí la pauta a seguir sino los esquemas ideológicos que constituyen la trama intelectual del partido.
SACADO DE: WWW.CONOZE.COM
EN CONCRETO DE: http://www.conoze.com/doc.php?doc=3554#c159
UN SALUDO.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada