18.7.08

¿Democracia o tiranía?




Hace 18 años Julián Marías escribió un artículo sobre la legitimidad de un parlamento y sus límites cuando se trata y afecta a la sociedad y a la persona. Voy a transcribir parte del mismo porque es perfecto. Lo escribió en ABC el 24 de junio de 1990.

Desgraciadamente creo que ahora sí hemos llegado a "tanto" como dice él ya por el final.

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Hace algo menos de quince años que hemos reconquistado en España la democracia. Pero en nombre suyo —muchas veces tomándolo en vano— se están deslizando muchas afirmaciones, declaraciones o decisiones que gravemente la comprometen. No se puede montar la convivencia en un país fundándola en el culto a una palabra que tantas veces se despoja de su sentido. Hace ya catorce años, cuando empezaba a discutirse la Constitución en las primeras Cortes, hablé a fondo de los límites de aquello sobre lo que se puede legislar, es decir, sobre el alcance de la soberanía «legítima». Que las Cortes sean soberanas, decía yo, no quiere decir que sean dueñas del país y puedan disponer de él a su antojo, porque esto sería una de las formas más atroces de tiranía. Ponía el ejemplo de lo que hubiese sido una decisión mayoritaria del Reichstag, el Parlamento alemán en tiempo de Hitler, para decretar el exterminio de los judíos; no hubiese tenido ni la menor legitimidad, hubiese sido la monstruosidad que fue. Ningún gobierno ni parlamento puede disponer el incendio, ni siquiera la venta, de los grandes museos; ni tantas cosas más que afectan a la integridad de un país, a su futuro, a la vida privada de sus ciudadanos.

Si no se establecen con pulcritud y rigor los límites de la democracia, se la hace degenerar en un sistema de opresión respaldado por los votos; y aun en el caso de que sean lícitos y limpios, ninguna potestad puede ir más allá de lo que le pertenece.

He puesto algunos ejemplos que pueden parecer extremos; se dirá con razón que entre nosotros no se ha llegado a tanto; pero conviene que se tenga claridad sobre la cuestión, porque es decisiva. Y si no ocurre así, si se considera que la democracia permite todo y es justificación bastante, se la pervierte. Lo cual suele tener una consecuencia inmediata y peligrosa: que se pierde su estimación, que deja de interesar e importar. No son pocos los síntomas de esto último. La democracia subsiste, pero se va vaciando de contenido, de entusiasmo, de vitalidad. La pasividad en las elecciones puede ser una bendición para los partidos que se benefician de ella, pero para la democracia misma es funesta.

Es un régimen que consiste muy principalmente en la participación, en que los ciudadanos lo sean y se sientan implicados en la marcha de las cosas públicas. Dicho con otras palabras, requiere el estado de alerta. Si «todo vale», si «da lo mismo», si los que tienen en sus manos el poder saben lo que hacen y basta con seguirlo dócilmente, la democracia queda desvirtuada, y esto quiere decir indefensa.

Un saludo.